La primera razón cronológicamente hablando, para qué vamos a
engañarnos, es que ya no tengo el compromiso quincenal de enviar al periódico
mis artículos. Este blog nació para eso, para colgar en él los artículos que me
compraba El Mundo Diario de Valladolid. Entonces (y ahora tampoco) la sección
de Valladolid del periódico El Mundo no tenía edición digital, y me hacía
ilusión que me leyeran los amigos y la familia.
Cuando cesó mi colaboración con el periódico me propuse continuar
escribiendo artículos para el blog. Coincidió eso, hace algo más de un año, con
el comienzo del movimiento 15M del que siempre me he mostrado decidida
partidaria, y con el nacimiento oficial de Mettacuento, el proyecto del que soy
coautora junto con el ilustrador Manel Rouras. Así que en este cuaderno se han
alternado de forma maravillosa las llamadas a la desobediencia civil con anuncios de cuentos acerca del amor incondicional hacia todos los seres. Dos caras de la misma moneda en los
tiempos oscuros.
Sin embargo, hace ya un tiempo que no escribo artículos de
opinión, o que, como mucho, pongo algún enlace. Y me gustaría explicar por qué,
seguramente como colofón a este blog que comencé hace ya más de seis años y
también porque, a pesar de ser una bloguera arisca y poco considerada que rara
vez contesta los comentarios, tengo 63 seguidores de los cuales solo 5 son de
mi familia. Estas líneas son, sobre todo, para ellos.
No escribo más en mi blog, más allá de cualquier otra razón,
porque se está instalando en mí cada vez con más fuerza la certeza de que ya
está todo dicho. Mi blog no nació, como tantos excelentes blogs, para ser un cuaderno
intimista, ni para compartir cosas que me gustan, mostrarme a los demás o
ayudarles explicando cosas que sé hacer. Mi blog no nació para colgar en él mis
trabajos literarios. Yo escribía artículos dando mi punto de vista acerca de mi
entorno en una época en la que todavía no era evidente que la guerra había
llegado hasta nuestras ciudades alegres y confiadas.
Era una época cercana en el tiempo, y, sin embargo, muy lejana en la conciencia. No somos quienes solíamos ser, lo sepamos o no. Nos guste o no nos guste. Hay cosas que ya no pueden hacer gracia, hay actitudes que ya no nos podemos permitir, hay inconsciencias, frivolidades y dejaciones que comienzan a ser inaceptables. Como un electrón excitado, estamos a punto de cambiar de órbita. Y las palabras de más (las que se dicen, las que se escuchan, las que se intercambian a todas horas) son muchas veces un lastre que nos impide mirarnos hacia dentro para encontrar allí la acción justa.
Era una época cercana en el tiempo, y, sin embargo, muy lejana en la conciencia. No somos quienes solíamos ser, lo sepamos o no. Nos guste o no nos guste. Hay cosas que ya no pueden hacer gracia, hay actitudes que ya no nos podemos permitir, hay inconsciencias, frivolidades y dejaciones que comienzan a ser inaceptables. Como un electrón excitado, estamos a punto de cambiar de órbita. Y las palabras de más (las que se dicen, las que se escuchan, las que se intercambian a todas horas) son muchas veces un lastre que nos impide mirarnos hacia dentro para encontrar allí la acción justa.
Y sí, hay palabras que tal vez deban ser dichas. Pero no
para buscar partidarios. Basta ya de santones, de declaraciones emotivas de
viejas o de nuevas glorias que se repiten ad
nauseam mientras seguimos perdiendo el tiempo extasiados con ellas. Basta
ya de nombres prestigiosos refrendando obviedades en PPSs enviados en horas de
oficina. Basta ya de hacerse un curriculum. Hay palabras que tal vez deban ser
dichas (una vez más) para dejar una pista en el camino. Palabras que quedan
ahí, como piedras anónimas para quien quiera entenderlas y se atreva a hacerlas
suyas. No son nuevas, aunque siempre serán originales.
Está todo dicho. Ahora toca comenzar a hacer algo. Algo más de lo que se hace. Algo que nunca se ha hecho mas que aisladamente, porque si se hubiera hecho en masa (como ahora debe hacerse ya ineludiblemente porque el momento fue ayer), si alguna vez en la historia se hubiera llevado a cabo, no seríamos esta humanidad doliente ni habitaríamos una tierra herida. Tenemos miles de mapas para ponernos en camino, pero no llegaremos a ningún sitio mientras sigamos discutiendo cuál es el mejor o pretendamos usar todos el mismo.
Andar no consiste en pasar el dedo por un papel en el que está dibujada la trayectoria. Para andar no hay como andar. Y para dar el primer paso no hay como recurrir a la profunda dignidad que yace, más o menos enterrada, en cada uno de nosotros.
Porque si la rescatamos del cúmulo de debilidades, mentiras, cobardías y sumisiones que la cubren, descubriremos en ella, además, la dignidad de los que nos rodean. Y entonces las palabras altruismo, solidaridad, felicidad, coraje, confianza, libertad, amor… todas esas palabras de las que hablamos tanto para ponerlas a nuestro servicio, cobrarán un sentido vivencial y se convertirán en actos concretos, pequeños, humildes, anónimos e indestructibles. Porque pondremos nuestra acción al servicio de los conceptos que expresan esas palabras. Cada uno hará su parte. La que nadie más que él o ella puede hacer. Y bastará con eso.
Está todo dicho. Ahora toca comenzar a hacer algo. Algo más de lo que se hace. Algo que nunca se ha hecho mas que aisladamente, porque si se hubiera hecho en masa (como ahora debe hacerse ya ineludiblemente porque el momento fue ayer), si alguna vez en la historia se hubiera llevado a cabo, no seríamos esta humanidad doliente ni habitaríamos una tierra herida. Tenemos miles de mapas para ponernos en camino, pero no llegaremos a ningún sitio mientras sigamos discutiendo cuál es el mejor o pretendamos usar todos el mismo.
Andar no consiste en pasar el dedo por un papel en el que está dibujada la trayectoria. Para andar no hay como andar. Y para dar el primer paso no hay como recurrir a la profunda dignidad que yace, más o menos enterrada, en cada uno de nosotros.
Porque si la rescatamos del cúmulo de debilidades, mentiras, cobardías y sumisiones que la cubren, descubriremos en ella, además, la dignidad de los que nos rodean. Y entonces las palabras altruismo, solidaridad, felicidad, coraje, confianza, libertad, amor… todas esas palabras de las que hablamos tanto para ponerlas a nuestro servicio, cobrarán un sentido vivencial y se convertirán en actos concretos, pequeños, humildes, anónimos e indestructibles. Porque pondremos nuestra acción al servicio de los conceptos que expresan esas palabras. Cada uno hará su parte. La que nadie más que él o ella puede hacer. Y bastará con eso.
Simple y difícil. Requiere silencio exterior e interior.
Requiere pensar con los circuitos cerebrales propios del ser humano que viene,
no del mamífero evolucionado que aún somos. Requiere actuar con una sabia
inocencia indestructible, es decir, sin miedo. Requiere dejar de opinar.
Por eso ya no escribo en mi blog.

















